
Los gorriones son aves urbanitas que se consideran bioindicadores, lo que significa que su declive está actuando como advertencia de que nuestro entorno está perdiendo calidad ambiental a muy distintos niveles. Sobre todo, a causa de factores humanos que suponen un maltrato a sus distintas especies, como la contaminación acústica y lumínica, la falta de zonas verdes de plantas con semilla en lugar del omnipresente césped y asfalto, así como el uso de pesticidas o las podas salvajes.
Un grave problema para los gorriones en las ciudades es la escasez de lugares para anidar, situación que agrava la retirada de nidos de cotorra, que muchos utilizan como refugio. Su pérdida se estima en un 21 por ciento, es decir, en los últimos diez años hay 30 millones menos de estas aves, que también buscan alimento en el campo, cuya tasa de reproducción ha bajado de forma preocupante.
A pesar de su progresiva desaparición, especialmente en ciudades, y de su evolución ligada a la especie humana, los gorriones no solo no están protegidos incluso se les incluye en planes de exterminio, como el actual de Sevilla, presentado en 2022. Es decir, también son acusados de provocar "molestias", perseguidos para infligirles un sufrimiento directo mediante captura y muerte a estas entrañables aves con derecho a la vida por sí mismas, que también sufren la captura y caza ilegales, llegando a comercializarse tanto vivas como muertas para su venta como pajaritos fritos.